Pisando el área, por MAP

Un grande

Con la muerte de Emilio Orta Fernández se cierra una página de mi trayectoria profesional. La primera, la de mis inicios, porque si había una relación que define esa etapa es la que mantuve con él.

Redacción Autopos

Emilio-Orta-webRedactor recién estrenado en la revista Recambios & Accesorios, Emilio Orta fue uno de mis primeros contactos, entrevistándole por aquella época (de hecho hasta escribía su apellido con hache).

Fonos era su vida, y transmitía su orgullo por plantar cara a los fabricantes de primer equipo con una empresa española, cada vez más grande, y líder del ‘recambio libre’ que se decía entonces. Yo admiraba su compromiso con el sector y los logros alcanzados, y la verdad es que la relación entre ambos no podía ser mejor. Incluso tuvo un precioso detalle personal cuando supo que me casaba.

Pero en 1995, tres años después, vendió la empresa a Tenneco, y cambió su discurso: ‘por fin eran una multinacional, por fin eran primer equipo…’ . Y no lo entendí. No que la vendiera, sino su discurso contradictorio. Abrazó la nueva realidad como si no hubiera habido un ayer… y escribí un editorial en la revista que titulé “Una, Grande y Libre”, con tubos de escape componiendo el emblema del yugo y las flechas, criticando la contradicción argumental.

Así me las gastaba yo con las cosas en las que creía (hoy lo hubiera también criticado pero sin esa puesta en escena). Y se enfadó conmigo. Entre otras razones porque no esperaría de mí esa reacción. La relación entonces se enfrió, conociendo de él ese otro lado menos amable.

Pero como no era nada personal le seguí mostrando mi estima y mi respeto a lo largo de los años, también a través del enorme cariño que siempre he sentido por su hijo Emilio. Y un día, ya siendo presidente de la industria de automoción valenciana, se acercó a mí en un Motortec para contarme, igualmente orgulloso, en lo que andaba, siempre comprometido con el sector. Y felicitarme además por hasta dónde habíamos llevado nuestra revista.

Desde entonces, siempre que nos veíamos, que fueron afortunadamente unas cuantas veces, no faltaba el abrazo sentido y sincero, las palabras amables y el cariño mutuo.

Por eso, cuando Emilio hijo me llamó la mañana del sábado de su fallecimiento y me dijo que su padre le había dicho que, si le pasaba algo, “llama a Miguel Ángel Prieto”, no pude evitar las lágrimas…

Sirvan estas líneas como sentido recuerdo a un grande de esta nuestra posventa patria.

 

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